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El costo invisible de construir el futuro mientras desprotegemos el planeta

Redacción:  Amairany Ramírez 

Descubre por qué la extracción masiva de arena está agravando el cambio climático y qué soluciones propone la ONU en su último informe para proteger nuestras costas, ríos y la biodiversidad global. 

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Durante décadas, la humanidad ha visto la arena como un recurso infinito, barato y omnipresente. Es el componente fundamental del concreto que sostiene nuestras ciudades, el vidrio de nuestros rascacielos y hasta el asfalto que recorremos a diario. Sin embargo, un reciente informe del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) revela una realidad alarmante: la demanda descontrolada de este material está desestabilizando ecosistemas críticos y debilitando las defensas naturales que nos protegen contra el calentamiento global. 

El ritmo al que consumimos arena es vertiginoso. Según Pascal Peduzzi, director del centro de datos del PNUMA, cada persona en el planeta utiliza, en promedio, unos 18 kilogramos de arena al día. La demanda mundial se ha triplicado en las últimas dos décadas, alcanzando la cifra de 50,000 millones de toneladas anuales. Para dimensionar este volumen, esa cantidad bastaría para construir cada año un muro de 27 metros de alto y ancho alrededor de toda la línea ecuatorial. 

Esta escala de extracción ha provocado un hito sombrío: en el año 2020, el peso de todo lo construido por el hombre superó oficialmente al peso de toda la biomasa viva de la Tierra. Estamos sustituyendo la naturaleza por infraestructura a una velocidad sin precedentes. 

El dilema de la arena “viva” y “muerta” El problema no es solo cuánto extraemos, sino de dónde lo hacemos. Existe un conflicto fundamental entre la necesidad de arena para la construcción y su función ecológica esencial. Peduzzi explica que cuando la arena se convierte en concreto, queda “muerta”, eliminada permanentemente del sistema natural. Por el contrario, la arena “viva” en ríos y costas cumple funciones vitales: amortigua el impacto de las olas, estabiliza los niveles de agua dulce, filtra acuíferos y sostiene hábitats para miles de especies, desde tortugas marinas hasta aves migratorias. 

Al extraer demasiada arena de deltas y ríos para construir muros costeros artificiales, paradójicamente estamos destruyendo las barreras naturales (playas y dunas) que mejor nos protegen de la erosión y las inundaciones causadas por el aumento del nivel del mar. 

Impactos regionales y el costo humano Las consecuencias ya son tangibles en diversas partes del mundo. En el Caribe, la extracción irresponsable ha devastado zonas de anidación de tortugas en St Kitts & Nevis y ha erosionado playas en Jamaica, afectando directamente al turismo y la economía local. En otras regiones, los lechos de los ríos se están profundizando y los acuíferos costeros se vuelven salinos, lo que pone en riesgo la seguridad hídrica y alimentaria de millones de personas. 

Hacia una gestión estratégica Afortunadamente, algunos países están liderando un cambio de paradigma. Colombia, por ejemplo, ha clasificado la arena como un “mineral de interés estratégico” para mejorar su supervisión ambiental. Por otro lado, en Brasil se explora el uso de “arena de mineral”, un subproducto de la minería que reduce la presión sobre los ecosistemas fluviales. 

La tecnología también se ha vuelto una aliada. La ONU ha desarrollado plataformas que utilizan inteligencia artificial y satélites para monitorear el dragado marino, revelando que el 15% de esta actividad ocurre incluso dentro de áreas protegidas. El mensaje es claro: la arena no es solo un material de construcción, sino un pilar de la resiliencia climática que debemos aprender a gestionar con urgencia. 

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