Redacción: Michelle Velázquez Belmont
Analizamos el impacto de la calidad del aire en la CDMX. Conoce los riesgos a la salud y las medidas de Semarnat para mejorar la atmósfera este mayo 2026.

La preservación de la pureza atmosférica se ha consolidado como un desafío impostergable para las naciones modernas, dado que la polución del aire representa una de las amenazas ambientales más críticas para la salud humana y el equilibrio biológico de los ecosistemas. Según diagnósticos de la Organización Mundial de la Salud, la precariedad en la calidad del aire es una constante en casi todas las metrópolis del planeta, con impactos especialmente severos en regiones en vías de desarrollo.
México no ha sido ajeno a esta problemática; desde la década de los setenta, el evidente deterioro del entorno en la capital obligó a las autoridades a instaurar organismos dedicados a combatir el fenómeno del smog, compuesto principalmente por vapores, polvos y residuos de combustión.
Este fenómeno se intensificó conforme el desarrollo industrial y la explosión demográfica alcanzaron a urbes como Guadalajara y Monterrey, impulsados por la creciente demanda de bienes. A finales del siglo XX, la Zona Metropolitana del Valle de México era catalogada como uno de los puntos más contaminados del mundo, donde más de un millón de vehículos circulaban sin regulaciones estrictas, saturando el ambiente de emisiones nocivas. Ante esta crisis, se gestó una visión regional que trascendió la capital para abordar el problema desde una perspectiva megalopolitana.
Implementaciones como el monitoreo constante, el control vehicular y la mejora en combustibles fueron pasos cruciales. En 2013, la creación de la Comisión Ambiental de la Megalópolis formalizó la cooperación entre estados vecinos para gestionar un territorio cuya complejidad económica y urbana rivaliza con gigantes como Tokio o Sao Paulo.
Las repercusiones de este flagelo son alarmantes: a nivel global se cuentan por millones las defunciones relacionadas, mientras que en México se estiman miles de muertes prematuras anuales, sumado a un impacto económico que absorbe una parte significativa del Producto Interno Bruto. Los datos del parque vehicular muestran un crecimiento exponencial que satura la atmósfera de monóxido de carbono y óxidos de nitrógeno. Asimismo, la industria aporta grandes volúmenes de dióxido de azufre, mientras que actividades agrícolas y el uso de solventes elevan los niveles de partículas suspendidas y compuestos orgánicos. Esta exposición es especialmente peligrosa para infantes y adultos mayores, pudiendo derivar en enfermedades crónicas y degenerativas.
Para contrarrestar este panorama, México impulsa la Estrategia Nacional de Calidad del Aire, un plan alineado con objetivos internacionales de sostenibilidad hacia el 2030. Mediante programas de gestión local y herramientas tecnológicas como el Sistema Nacional de Información de la Calidad del Aire, se recopilan datos en tiempo real sobre contaminantes críticos como el ozono y las partículas finas.
La normatividad también ha evolucionado para homologar la verificación vehicular en todo el territorio. Actualmente, la transición hacia hábitos de bajo carbono es indispensable, pues la estabilidad de nuestros ecosistemas y la salud pública dependen de una responsabilidad compartida y una gestión ambiental rigurosa y colectiva.
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