“La escritura de Rosario Castellanos como espejo de las luchas de las mujeres”
Ayer en una reunión cultural, mi amigo Frank me comento, ¿porque no escribes sobre Rosario Castelanos? Su sugerencia me llevo a recordar que hablar de ella no es solo hablar de una escritora, sino de una mujer que convirtió sus heridas en palabra y su palabra en conciencia.
Rosario creció en un mundo en donde las mujeres estaban destinadas a callar. La muerte de su hermano – el hombre que debía heredar todo – la coloco en un lugar incomodo: ser mujer en ese entonces significaba no tener derecho a decidir, ni siquiera de la tierra que pisaba. Ese vacío de reconocimiento fue la chispa que encendió su rebeldía. Desde entonces, su escritura se volvió un espacio para cuestionar las jerarquías que relegaban tanto a las mujeres como a los pueblos indígenas.
No hablaba con desconocimiento, lo hacia desde su experiencia. En su obra “Mujer que sabe latín” … denuncio que la cultura parecía reservar a las mujeres solo el papel de espectadoras. En “El eterno femenino” denunció los estereotipos que las encadenaban a la obediencia y al silencio. En sus libros siempre pretendía demostrar como la opresión se multiplicaba en los cuerpos de quienes no tenían voz: mujeres e indígenas.
Su vida fue breve, pero intensa. Entre aulas, viajes y diplomacia, nunca dejo de escribir con la convicción de que la palabra podía abrir grietas en el muro del silencio. Rosario Castellanos defendió a las mujeres porque sabia que su propia historia estaba marcada por la exclusión.
Y al hacerlo, nos dejó un legado que sigue vigente: la certeza de que la literatura puede ser resistencia, y que cada voz femenina que se alza es un acto de justicia.
Quizá el escribir sobre ella sea, en realidad, escribir sobre nosotros: sobre muchas voces que aún esperan ser escuchadas.
Rosario Castellanos falleció a causa de un accidente doméstico, se dice que, por una descarga eléctrica, aunque existen varias versiones, a los 47 años, vivía en Tel Aviv teniendo el cargo de Embajadora.
Actualmente sus restos se encuentran en La rotonda de los Hombres Ilustres en la Ciudad de México.

Profa. Mayra Núñez P.
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