Redacción Amairany Ramírez
En el marco de la decimoséptima Conferencia de las Partes (COP17) de la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación (CNULD), celebrada en Mongolia, se ha lanzado una de las advertencias más severas de los últimos tiempos para el sector productivo global. La acelerada degradación de la tierra y la alarmante falta de financiamiento del sector corporativo para mitigar los daños ambientales han colocado a industrias clave en una cuenta regresiva de diez a quince años antes de experimentar un colapso operativo definitivo.
El centro de la discusión en Ulán Bator radica en una cifra preocupante: el capital privado aporta apenas el 6% de los fondos necesarios para la restauración y protección de las tierras a nivel global. Esta escasa participación resulta profundamente contradictoria si se considera que multinacionales de sectores fundamentales como la industria textil, la alimenticia, la minería y la energética dependen de forma directa del suelo fértil y del agua para asegurar su propia subsistencia y rentabilidad económica. Yasmine Fouad, líder de la organización de la ONU y exministra de Medio Ambiente de Egipto durante siete años, enfatizó la incoherencia de este comportamiento, recordando que casi el 40% de la superficie terrestre del planeta ya padece algún tipo de degradación.
Esta advertencia no es solo de índole ética, sino que representa un cálculo financiero pragmático. Los expertos y líderes climáticos coinciden en que invertir en políticas de prevención y restauración hoy resulta sustancialmente más económico que pagar los descomunales costos derivados de catástrofes futuras. De hecho, estimaciones presentadas en la cumbre apuntan a que reaccionar después del desastre saldrá hasta diez veces más costoso para las corporaciones implicadas.
La sequía como riesgo estructural en expansión exponencial
Por su parte, Andrea Meza, secretaria ejecutiva adjunta de la CNULD, advirtió durante una rueda de prensa en Mongolia que la sequía ha dejado de ser un simple fenómeno meteorológico o medioambiental para convertirse en un “riesgo estructural” que amenaza de forma directa a las economías globales, los sistemas productivos y los medios de vida. Las cifras oficiales respaldan la urgencia de sus palabras: los episodios de sequías han aumentado un 30% en todo el mundo desde el año 2000.
Este fenómeno ya no se limita a regiones vulnerables como el continente africano, donde se le asocia de forma directa con situaciones de hambruna. En la actualidad, los efectos de la escasez de lluvias se manifiestan en áreas de la selva amazónica en Brasil y alteran de forma directa el comercio internacional, como se observa en Panamá, donde la falta de precipitaciones obligó a limitar el tránsito de buques por el estratégico Canal de Panamá, generando pérdidas y retrasos logísticos significativos.
El panorama crítico de cara al año 2050
Las proyecciones futuras analizadas en el encuentro muestran un panorama alarmante si continúan las tendencias de inacción corporativa. Según el Atlas Mundial de Sequías publicado por el organismo, para el año 2050, tres de cada cuatro personas en el planeta (el 75% de la población mundial) se verán afectadas por la sequía y sus devastadores efectos en cascada. Adicionalmente, de mantenerse las tendencias destructivas actuales, un 11% adicional de la superficie terrestre —un área de tamaño equivalente a toda Sudamérica— podría degradarse de aquí a mediados de siglo, amenazando la biodiversidad y la producción agrícola global.
Esta pérdida acelerada de tierras fértiles ocurre en un momento crítico. Para el año 2050, el mundo requerirá producir un 50% más de alimentos para satisfacer el crecimiento demográfico global. El choque entre una menor cantidad de suelo cultivable y una mayor demanda alimenticia es el detonante perfecto para una crisis de desabastecimiento mundial, que a su vez provocará oleadas de migraciones masivas, inestabilidad política y crisis económicas sistémicas en decenas de países.
Mecanismos financieros para la resiliencia climática
Frente a este escenario de emergencia, la COP17 ha servido de escenario para presentar soluciones financieras e instrumentos técnicos orientados a la resiliencia frente a la sequía. En este sentido, se anunció el lanzamiento oficial del Fondo de Inversión para la Resiliencia a la Sequía (DRIF) y se presentó la versión beta del Observatorio Internacional de Resiliencia a la Sequía (IDRO).
La viabilidad económica global en las próximas décadas estará de esta manera determinada por la rapidez con la que el sector privado comprenda que invertir en la tierra no es un gasto altruista, sino la única póliza de seguro para garantizar su propia supervivencia corporativa.














