Redacción: Michelle Velázquez Belmont
Desafíos ambientales en México 2026: Balance sobre crisis hídrica, deforestación en selvas y protección a defensores comunitarios.

Durante el año 2026, la atención mediática en México estará fuertemente concentrada en el Mundial de Fútbol; no obstante, diversos especialistas advierten que la agenda ecológica del país requiere una atención prioritaria. A pesar de las altas expectativas que generaba el perfil científico de la presidenta Claudia Sheinbaum, su gestión ha sembrado dudas entre activistas debido a continuos recortes económicos, el impulso de megaproyectos energéticos tradicionales y el descuido de las reservas naturales. Los desafíos ambientales más críticos para este periodo se concentran en factores institucionales, de seguridad y de financiamiento.
La integridad de quienes defienden el territorio representa una crisis de máxima urgencia. Organizaciones civiles señalan que la violencia y la criminalización hacia estos colectivos provienen frecuentemente de entidades estatales y corporaciones privadas, una dinámica visible en la persecución judicial a opositores de proyectos como el Tren Interoceánico. Aunque las autoridades admiten la necesidad de frenar estos abusos, la aplicación del Acuerdo de Escazú carece de rutas claras, mientras los mecanismos de protección federal padecen una severa insuficiencia de personal y recursos para prevenir agresiones.
En el ámbito presupuestal, la situación de las Áreas Naturales Protegidas es preocupante. Aunque recibieron una reasignación económica positiva de último momento, los fondos continúan siendo inferiores a los otorgados hace una década, obligando a gestionar una superficie de conservación mucho mayor. Paralelamente, dependencias de vigilancia como la Profepa sufren recortes que limitan sus capacidades de inspección de residuos peligrosos y sanción de delitos, propiciando el avance de obras irregulares. Esta falta de vigilancia intensifica la deforestación, un problema que colocó al país en listas globales de pérdida de cobertura forestal debido a incendios y a la expansión agroindustrial e inmobiliaria, afectando gravemente a la Península de Yucatán por el desarrollo del Tren Maya.
Los compromisos climáticos internacionales de México muestran severas contradicciones. Si bien durante la cumbre climática COP30 se presentaron metas más ambiciosas para 2035, especialistas recalcan que no existen planes claros de financiamiento ni estrategias reales para abandonar los combustibles fósiles. El empeño por mantener la infraestructura petrolera tradicional debilita financieramente a Pemex frente al mercado global y eleva la dependencia del gas extranjero. Además, la imposición de proyectos gasíferos, como el complejo Saguaro, amenaza la biodiversidad marina y anticipa un aumento de la resistencia y conflictividad social en las regiones afectadas.
La adaptación de estrategias de adaptación comunitaria sigue marginada. Poblaciones costeras damnificadas por el aumento del nivel del mar, como acontece en El Bosque, Tabasco, continúan desamparadas y demandando políticas específicas para desplazados climáticos. El presupuesto asignado a la mitigación climática se desvía principalmente hacia obras ferroviarias y proyectos militares, postergando la resiliencia social. A pesar del abandono institucional y de la contaminación por hidrocarburos en el Golfo de México, las comunidades locales y los sectores pesqueros siguen asumiendo de manera autónoma la restauración de ecosistemas vitales como manglares y arrecifes de coral.

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