Redacción Michelle Velázquez Belmont
La supervivencia de los humedales representa una tarea impostergable debido a su rol crucial en el bienestar social, el progreso financiero, la regulación del clima y la preservación de la variedad biológica. Estos entornos acuáticos resultan vitales para garantizar el alimento de numerosas comunidades a nivel global.
A lo largo de las últimas décadas, diversas iniciativas de conservación han impulsado la declaración de cientos de áreas protegidas de carácter internacional en decenas de naciones, logrando resguardar millones de hectáreas que representan una porción significativa de los ecosistemas registrados bajo convenios globales. No obstante, el verdadero reto actual para las administraciones de distintos países, incluyendo a Colombia, radica en implementar políticas públicas constantes que aseguren el aprovechamiento responsable y la supervivencia de estas reservas de agua frente al desinterés y las actividades destructivas de la sociedad.
Uno de los mayores aportes de estos espacios es su capacidad para mitigar el calentamiento global mediante la captura de gases nocivos. Ciertas zonas húmedas con densas capas orgánicas, conocidas como turberas, consiguen retener casi un tercio del carbono terrestre, superando con creces la capacidad de captura de los sistemas boscosos del planeta.
Asimismo, se configuran como refugios indispensables para la vida silvestre, albergando a casi la mitad de las especies conocidas. En regiones sudamericanas como la cuenca amazónica colombiana, sistemas lacustres específicos como los de Tarapoto sostienen a mamíferos acuáticos, grandes felinos y peces gigantescos que dependen por completo de este entorno para subsistir, a pesar de que una alarmante proporción de estas especies corre un peligro inminente de desaparecer según los registros científicos de conservación.
El suministro de agua potable y recursos alimentarios es otro servicio indispensable que los humedales brindan a la humanidad, sirviendo como la principal reserva de líquido vital para el consumo humano. Cientos de millones de personas, especialmente poblaciones nativas, obtienen su sustento directo de estos reservorios, mientras que grandes urbes dependen de ellos para abastecerse y protegerse de desastres climáticos. Un claro ejemplo es el sistema hídrico de Chingaza, que abastece de agua a millones de ciudadanos en la capital colombiana y sus alrededores.
Desafortunadamente, la degradación de estos ecosistemas avanza a un ritmo alarmante, superando con creces la pérdida de zonas forestales debido a la expansión de industrias, la agricultura extensiva, la alteración de cauces hídricos y la desecación de terrenos. Finalmente, su función reguladora es asombrosa; los bosques costeros de manglar mitigan la fuerza de las tormentas y la erosión del litoral, operando como esponjas que retienen los excesos de lluvia en épocas húmedas y liberan el recurso hídrico paulatinamente durante los periodos de sequía severa para mantener el equilibrio ecológico en todo momento.














