Redacción Carlos Villa
Con los eventos solares que el sol presenta a menudo y la descarga de partículas radioactivas, gracias a la atmósfera, a nosotros no nos afecta directamente. Pero a los satélites puestos en órbita allá arriba sí les modifica el rumbo por completo.

Todos los fenómenos solares que el astro emita le afectan de manera directa a cada uno de los cuerpos que orbitan en el espacio, pero solo a muy pocos, gracias a su estructura, les impide estar tan expuestos a tormentas, manchas, fulguraciones o ventiscas solares.
Cuando el sol presenta alguna de estas actividades, expone altos niveles de radiación y una carga poderosa de energía geomagnética, que, de no ser por la magnetosfera, una de las capas atmosféricas que evitan el paso de la radiación hacia la tierra, como especies vivas estaríamos bastante expuestos a altos índices radiactivos.
Pero quienes no se salvan de estar en un primer contacto con tanta energía radioactiva son los satélites, aquellos elementos artificiales indispensables para comunicarnos a través de muchos canales remotos. Pero dado a que los satélites no se pueden cubrir o proteger de la radiación espacial, a veces son puestos fuera de órbita por los efectos de la energía liberada por el sol.
La radiación espacial es la propagación de energía liberada por el sol a través de ondas electromagnéticas, o partículas subatómicas. Cuando dicha energía interactúa con cualquier estado de la materia, podría causarle ionización, que es cuando la materia adquiere carga eléctrica y se modifica su nivel de electrones.
Pero, la radiación espacial puede ser esparcida a través de dos maneras, de manera electromagnética, generada directamente por actividad solar, o corpuscular, consecuencia de otros eventos que tengan lugar en el espacio, como los rayos cósmicos. Ambas formas son igual de vinculantes y ponen fuera de su órbita a los satélites artificiales.
Esto sucede por los efectos de los electrones obtenidos a consecuencia de la ionización: estas partículas subatómicas generan cargas electrostáticas, alteraciones y descomposturas en casi todos los componentes de las estructuras de los satélites y las naves.
Los electrones, por medio de estas descargas, ya sea superficial o profundos, le provoca a los satélites, entre algunos efectos como falsos comandos, alteración en su posición, incremento inusual de consumo de energía del dispositivo y también crecimiento de ruido en las señales, así como daños en la parte microelectrónica de los cuerpos satelitales.
Estas afectaciones causadas partículas energéticas solares, como los electrones, si afectan a los satélites y a las naves puestos fuera de órbita a consecuencia de estas descargas ionizantes de electrones, también se verá reflejado en tierra como un espacio aéreo altamente radioactivo o fallas en la geolocalización.
Las tormentas solares, aunque se originan fuera de la Tierra, tienen efectos directos sobre los sistemas que sostienen la vida moderna. La interacción de partículas solares con los satélites no solo pone en riesgo las telecomunicaciones y la navegación, también evidencia la fragilidad de nuestra infraestructura tecnológica frente a fenómenos naturales. En un contexto donde el monitoreo ambiental, la gestión de desastres y la observación climática dependen de estos sistemas, protegerlos se vuelve una prioridad ambiental. Entender el clima espacial no es solo un reto científico, sino una necesidad para garantizar la continuidad de herramientas clave en la protección del planeta. Apostar por tecnología resiliente y sistemas de prevención es, en el fondo, una forma de cuidar nuestro entorno y asegurar un futuro sostenible.

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