Redacción Carlos Villa
Declaraciones de una sola voz que representa las injusticias a las que históricamente se han enfrentado pobladores de la sierra tarahumara en Coloradas de la Virgen narran lo duro que ha sido por la comunidad dejarlo todo y adaptarse a un ritmo de vida que ellos no pidieron.

Cuando las voces colectivas emanan de un solo poblado, los puntos de vista dejan de individualizarse y comienza a ser apreciado bajo una postura que hayan construido conjuntamente todo tipo de personas. Si las sociedades se organizan ante un abuso de poder en sus lugares de residencia, podrían frenar todo tipo de inmobiliarias, complejos industriales o megaproyectos.
Así sucedió cuando indígenas nativos de Coloradas de la Virgen, en Guadalupe y Calvo en Chihuahua en el llamado Triángulo Dorado que es la zona serrana que comparten este estado, Durango y Sinaloa denunciaron el desplazamiento arbitrario que históricamente han sufrido por parte de grupos armados instaurados bajo el cacicazgo del señor Artemio Fontes Lugo.
El recorrido jurídico se remonta a un largo camino en tribunales que tras largas audiencias fallaron a su favor y reconocieron que el Estado había sido incapaz de garantizarles seguridad y una calidad de vida libre de violencia. Incluso los juicios alcanzaron un carácter histórico, pues fueron de los primeros a los que el pueblo rarámuri tuvo participación, voz y voto. Finalmente, la justicia los había escuchado de primera mano.
Lo cierto es que fueron décadas de abandono, ausencia de las autoridades de los tres órdenes de gobierno y tras numerosas protestas en Chihuahua, luego mediante redes sociales y hacer todas las maniobras posibles para que la gente los volteara a ver, la gente organizada logró vencer al desplazamiento y progresivamente regresaban a lo que siempre les había pertenecido.
“Quienes crecieron en Coloradas de la Virgen recuerdan que el desmonte comenzó más fuerte desde los ochenta. A partir de entonces, llega gente de afuera de la comunidad, elige el lugar que les gusta para sembrar marihuana y amapola y empieza a tumbar.” Recuerdan los pobladores en un reportaje denominado Tierra de Resistentes.
Los testimonios, las voces y las historias que narran los nativos que vivieron el despojo de sus tierras a merced de una persona que mandaba en el pueblo deliberadamente retratan crudamente lo que significó que sus declaraciones se hicieran presentes en la opinión pública, y todo por el rescate de sus campos.
“Nuestra situación es de desplazamiento forzado desde el 2018, cuando todo esto empezó yo tenía 12 años, ahora tengo 19. Hasta hoy, seguimos enfrentando los retos de vivir en una ciudad” narra de manera anónima una joven para el Diario Local Raíchali.
La joven, que cuenta de manera anónima la travesía que han vivido desde que su familia fue expulsada de su hogar, reflexiona, recopila y analiza lo que le sucede a la comunidad, “Estamos adaptándonos a una ciudad que nos obliga a desplazar nuestros usos y costumbres, ser parte de una cotidianidad que antes nos era ajena”.
Esta joven de identidad reservada narró ampliamente para este diario la forma en cómo han tenido que adaptar su vida y sus costumbres tras años de abuso de poder cometido por un solo sujeto coludido con el crimen organizado. ¿En qué momento se normaliza que las personas se muevan de su lugar de origen porque se vuelve inhabitable?
Gracias a la amplificación de sus exigencias, el caso llegó hasta los tribunales. Pero desafortunadamente, muchos testimonios aún no se convierten en casos de éxito porque no cuentan con el respaldo mediático que les permita ganarse un espacio en la opinión pública, aunque sus demandas no deberían luchar por posicionarse mejor en el ámbito digital, sino ser atendidas por las autoridades sin tener que competir con el algoritmo.
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