Antonio Horacio Gamboa Chabbán
Hay una imagen que se repite en la conversación pública: plazas comerciales llenas, estacionamientos saturados, familias recorriendo grandes almacenes y tiendas de autoservicio con carritos cargados. Para algunos, esa escena demuestra que la economía funciona con normalidad. Para otros, es una ilusión: las personas acuden a comprar, pero lo hacen con menos margen, más cautela y mayor dependencia del crédito.
La pregunta correcta, por tanto, no es si hay gente en los centros comerciales. La pregunta es qué compra, cuánto gasta, cómo paga y qué está dejando de comprar.
En términos técnicos, una crisis económica general suele implicar una contracción amplia y persistente de la actividad, el empleo, los ingresos y el consumo. La información más reciente disponible no permite afirmar, con esos elementos, que México se encuentre en una crisis generalizada.
El Instituto Nacional de Estadística y Geografía reportó que el Producto Interno Bruto aumentó 1,5% en términos reales durante el segundo trimestre de 2026 frente al trimestre inmediato anterior y 2,1% a tasa anual. Por su parte, el Indicador Mensual del Consumo Privado registró un aumento mensual de 0,1% en mayo de 2026.
Estos datos no describen una economía vigorosa, pero sí una que continúa creciendo. La lectura más prudente es la de una expansión débil o heterogénea, acompañada de presión sobre los hogares, desigualdad regional y cautela en ciertos segmentos del consumo.
La afluencia a plazas comerciales es un indicador socialmente visible, pero no existe una medición nacional que determine cuántas personas acuden diariamente a todos los centros comerciales del país. Además, visitar una plaza puede tener varios objetivos: comprar, comparar precios, aprovechar promociones, comer, entretenerse, realizar trámites o simplemente utilizar un espacio climatizado y seguro.
Por esa razón, la afluencia no debe interpretarse como un dato cualitativo. Para conocer el estado real del consumo es necesario observar las ventas efectivas, el monto de cada compra, la frecuencia, el tipo de producto, la forma de pago y la evolución de los ingresos de los establecimientos.
Una plaza puede estar llena mientras el gasto promedio cae. Las familias pueden caminar más, comparar más y comprar menos. También pueden acudir al centro comercial, pero concentrar sus compras en ofertas, marcas propias, productos básicos o en meses sin intereses. La imagen de una multitud no permite conocer la situación financiera de cada hogar.
Los datos de la Asociación Nacional de Tiendas de Autoservicio y Departamentales ofrecen una aproximación sectorial. En julio de 2026, las ventas nominales de las cadenas afiliadas crecieron 1,0% en tiendas con más de un año de operación y 3,4% al incluir las tiendas abiertas en los últimos 12 meses. La asociación estimó ventas por 140,3 mil millones de pesos durante el mes y un acumulado de 954,2 mil millones entre enero y julio.
Sin embargo, el comportamiento varió según el formato. Los autoservicios disminuyeron 0,9% en tiendas iguales y crecieron 1,5% al considerar todas las tiendas. Las departamentales no crecieron en tiendas iguales y avanzaron 1,1% en tiendas totales. En cambio, las tiendas especializadas aumentaron 5,4% en tiendas iguales y 9,2% en tiendas totales.
La diferencia entre tiendas iguales y tiendas totales es fundamental. Si las ventas crecen porque se abrieron nuevos establecimientos, ello no significa necesariamente que las tiendas existentes estén vendiendo más. En julio, además, la ANTAD advirtió un efecto de calendario debido a la presencia de un viernes adicional en comparación con el mismo mes de 2025.
La conclusión es clara: el consumo no se detiene, pero tampoco avanza de manera uniforme. Los autoservicios, que reflejan buena parte de las compras recurrentes, muestran debilidad en las tiendas comparables. Las departamentales, más asociadas con bienes duraderos y compras discrecionales, permanecen estancadas. Esto es compatible con una conducta prudente.
El comportamiento general de los hogares puede resumirse en cinco tendencias. La primera es la priorización: alimentos, transporte, salud, educación, vivienda y servicios absorben una proporción mayor del ingreso disponible. La segunda es la sustitución: se cambian las marcas, las presentaciones y los establecimientos para reducir el costo de la canasta.
La tercera es la búsqueda de promociones. El consumidor espera descuentos, compara en internet y distribuye sus compras entre varios comercios. La cuarta es la reducción de bienes no esenciales o de mayor precio. Se pospone la adquisición de muebles, aparatos electrónicos, automóviles, viajes y otros bienes duraderos cuando existe incertidumbre sobre el empleo o el ingreso futuro.
La quinta es el uso más estratégico del crédito. Comprar a meses sin intereses o con tarjetas puede mantener la apariencia de consumo, aunque traslade parte de la presión a los meses siguientes. Por eso, un aumento de las ventas no siempre se traduce en un aumento del bienestar financiero. También deben observarse el endeudamiento, la morosidad, el ahorro y la capacidad de los hogares para enfrentar emergencias.
Otro aspecto central es distinguir entre ventas nominales y reales. Una tienda puede facturar más pesos porque aumentó los precios, aunque haya vendido la misma cantidad o incluso menos productos. La comparación correcta debe considerar el Índice Nacional de Precios al Consumidor y la evolución del ingreso real.
El consumo privado que reporta el INEGI mide el gasto de los hogares en bienes y servicios, tanto nacionales como importados, y es uno de los componentes más importantes de la demanda agregada. Pero una variación mensual de 0,1% revela que los hogares siguen gastando prácticamente al mismo nivel, no que todos estén en mejores condiciones.
La economía mexicana puede mostrar crecimiento agregado y, al mismo tiempo, una pérdida de bienestar en sectores específicos. Los hogares con ingresos formales, remesas, empleo estable o acceso al crédito tienen una capacidad distinta a la de quienes trabajan en la informalidad, carecen de ahorro o enfrentan gastos elevados de salud y vivienda.
Entonces, ¿hay crisis?
La respuesta más responsable es: no hay evidencia suficiente para afirmar una crisis económica general en el sentido de una contracción amplia y sostenida, pero sí existen señales de desaceleración, consumo frágil y presiones diferenciadas sobre las familias.
El PIB crece, pero el consumo privado avanza lentamente. Las cadenas comerciales venden, pero los autoservicios y departamentales muestran resultados débiles en tiendas comparables. Las plazas pueden registrar una elevada afluencia, pero esa presencia puede coexistir con compras más pequeñas, mayor comparación de precios y mayor uso de crédito.
La crisis puede no aparecer primero en el estacionamiento vacío. Puede aparecer en el carrito con menos productos, en la sustitución de marcas, en la compra aplazada, en el aumento de la deuda o en la familia que mantiene sus gastos esenciales mientras cancela bienes que antes podía adquirir.
México no debe diagnosticar su situación económica a partir de una fotografía de una plaza comercial ni de una cifra de ventas aislada. Se necesita observar simultáneamente el crecimiento, el empleo, el ingreso real, la inflación, el consumo, el crédito, el ahorro, la morosidad y la desigualdad.
La evidencia disponible muestra una economía activa, pero cautelosa. Las familias siguen gastando porque necesitan consumir y porque algunos sectores conservan capacidad de compra. Sin embargo, la estabilidad de la afluencia no debe confundirse con la prosperidad, ni el crecimiento nominal de las ventas con una mejora automática del bienestar.
La pregunta decisiva para el segundo semestre de 2026 no es si las personas seguirán comprando. Es si pueden hacerlo sin comprometer su futuro financiero. Ahí radica la diferencia entre una economía que simplemente se mueve y otra que realmente genera bienestar.
Mtro. Antonio Horacio Gamboa Chabbán
Presidente del Colegio de Abogados de América Latina COTAL, A.C.














